69 LUNAS

(Es muy probable que éste relato sufra modificaciones desde el principio, la idea de dejar correr la imaginación sobre el mismo me llama. Así que siento mucho si alguien que lo ha leído tenga que volver a leerlo, cosas del directo. Un ejemplo es el título, que de Cuarenta días paso a llamarse Dos Lunas por el ambiente donde se desarrolla, el último título es 69 Lunas, para dar un poco más de tiempo a la historia.)

Capítulo Uno (Lo que se nos avecina)

Sirkia  mando llamar a sus más estrechos colaboradores, a todos los brujos de las tribus en las que ella ejercía su mandato y especialmente a Patinco, un viejo que vivía solo a las afueras del poblado y que era el encargado de transmitir a los demás las decisiones importantes de la Reina Sirkia, (además de reunirlos de vez en cuando y comentar con ellos los acontecimientos y como debían tomarse o resolverse los conflictos, era una especie de filósofo), y muy anteriormente las de sus antecesores, nadie sabia bien que edad podía tener Patinco.

Fuera estaban los guerreros, ataviados con sus pinturas y armas de guerra, rodeando la estancia de la Reina, protegiéndola de algo que ni ellos mismos sabían si tenían posibilidad alguna de impedir. A las órdenes de su más personaje representativo, en una jerarquía militar donde el respeto se ganaba con las acciones y no solo la fuerza y la valentía, aguardaban noticias sobre como actuar. Eran los mejores guerreros, los más valientes y decididos, aquellos que darían su vida por la Reina sin pestañear.

Los mensajeros partieron muy temprano en diferentes direcciones para avisar a todos los congregados, un poco antes que el Sol empezara a dejar sus primeros síntomas de existencia.

Patinco llegó sin que nadie le avisase, ataviado con una especie de túnica, descalzo y con un bastón que le ayudaba a mover con menos dificultad su viejo y arrugado cuerpo. Pasó junto a los guerreros, todos hicieron una reverencia con la cabeza a su paso en señal de respeto, levanto el pellejo que cerraba la estancia de la Reina Sirkia, la saludo con una reverencia casi imperceptible, se sentó junto al fuego, llevó las manos junto a su bastón a la altura de la frente y cerrando los ojos dijo en voz muy baja: Comunicar el hecho no tiene dificultad alguna, lo que está a punto de pasar pasará inevitablemente pero decir mis últimas palabras no será para nada una tarea fácil. Meditaré sobre el asunto. A esto se levanto y desapareció por donde había entrado. La Reina se quedó sola, se sentó y pensó para sus adentros: sé que estoy preparada, pero no todos lo están.

A las pocas horas empezaron a aparecer los invitados a la reunión, para cada uno de ellos se acomodó un espacio de la estancia, para que pudieran descansar del viaje y poder afrontar con toda tranquilidad esa reunión donde se decidiría cuando y como informar a los demás de la situación.

A primera hora de la tarde, todos estaban preparados para reunirse, poco a poco todos fueron apareciendo y sentándose en el lugar correspondiente. Se habían hecho muchas reuniones y ésta sería una más, la última. Cuando todos estaban ya en el lugar, apareció la Reina Sirkia, apoyada del brazo de Patinco, saludó a todos los presentes y todos al unísono se inclinaron ante la reina.

(Joder que en esto no se puede perder la concentración, si no apaga y vámonos, otro día continuamos).

Sirkia era la hija heredera de Sirina, Reina de Zungula, una basta extensión del centro de un país exótico, abarcaba desde los nacimientos del río Shempra y el Trempra y formaba un triangulo que terminaba en unos enormes acantilados desde donde se divisaba el gran río (el mar para entendernos nosotros).

En el Reino de Zungula, para la descendencia de los hijos de la Reina se seguía un ritual ancestral. La Reina elegía entre los guerreros de sus diferentes tribus a un representante de cada uno de ellos. Entre los representantes de las tribus se daba el visto bueno de su elección y de ser así, se le permitía visitar a la Reina para que realizase su cortejo. La Reina mantenía así relaciones con los elegidos. El ritual, exigía que una vez embarazada la Reina, estos abandonaran las tierras de Zungula, así el hijo o hija de la Reina pasaba a ser hijo o hija de todo el Reino, y el respeto que se tenía por los hijos era absoluto. Solo una de las hijas, podría ser heredera del Reino, y la heredera era nombrada por todos los representantes de las tribus para que en ella se diese el poder de lo que pertenece a todos.

(Vaya que bien se lo tenían montado las Reinas de Zungula)

Los hijos e hijas de la Reina se criaban entre las diferentes tribus, podían ir de un sitio a otro y tenían encomendado aprender las diferentes artes que se realizaban en sus tribus; la caza, la pesca, los rituales mágicos, la danza... Cuando la Reina vigente era ya de edad avanzada, para que pudiese descansar sus últimos días, se celebraba un ritual donde se revelaba la heredera de la misma. Solo las mujeres podían ostentar el cargo de Reina.

(Bien, ahora sabemos que no era precisamente Augusto Pinochet el que entraba en la estancia)