la fuerza de la atracción o como dar por culo.

Salí a cenar el otro día con unos amigotes, quedamos a cenar en el Mendoza, sitio donde se come aceptablemente por un precio aceptable. Luis el chino estaba sentado frente a mí, a mi derecha Pascu y Enma, también un personaje nuevo conocido por Luis. A mi izquierda el amigo Fran, con su actual acompañante y parejita, una chica brasileña o de por esos lares, bastante agradable de ver. Pedimos varias medias raciones para compartir. La comida transcurrió como casi todas, cordialidad, algún que otro chiste nuevo, poner oído a los últimos acontecimientos, vamos un poco de cotilleo, acaecidos a alguno de nosotros o conocido habitual. De beber para empezar una cerveza para luego pedirme una copa de vino tinto, el cual me lo pusieron frío y esto me hizo volver a pedir cerveza.
Era uno de esos días donde empiezo a decir que después de la cena me voy para mi casa y también era o fue uno de esos días que voy cogiendo carriles y luego hasta que no estoy bien agustito no quiero realmente irme.
Fuimos Luis y yo a un garito a tomar una copa, un sitio habitual donde después de tomar la copa, nos iríamos a casa. Tomamos la copa, pero lo de irse para casa se retrasó.
Nos desplazamos de zona y nos adentramos un poco más al centro, de un garito a otro cientos de rotondas de estas que tan de moda están. Al final llegamos a la zona y decidimos tomar una copita en un sitio que habían abierto recientemente. Llevaba un canutito en mano apagado y cuando fui a entrar me llamo la atención el portero del lugar, un negro, sin nada despectivo por la alusión a su color, de un porte fantástico y perfectamente vestido, no reparé si las vestiduras eran mejor o peor, que por la noche todos los gatos son pardos. Cayo rápidamente en mi bien hecho canutito y me pidió que no entrara con el. Me lo fume en la puerta deseándole que Dios le conservara la vista. Entramos y pedimos una copita junto a un grupo de tres chicas de las cuales a una conocía el amigo Luis. Charlamos un rato y al rato ya le estaba comentando yo al compañero que deberíamos de abandonar las copas e irnos para casa. Salimos del lugar y como ya he comentado, antes de dirigirnos al coche le comente, venga Luis, la penúltima.
Allí que vamos los dos y entramos en otro bar que estaba justo al lado de donde nos encontrábamos en ese momento, y fue precisamente allí, donde ocurrió lo acaecido y que paso a continuación a contar.
Entramos en el bar. De una forma rápida localicé al fondo un buen sitio en la barra y allí me dirigí. Antes de pedir la copa, reconocimiento del lugar y efectivamente, podíamos tomar la penúltima ya que teníamos a nuestro alrededor varias personas del sexo opuesto que prometían entretener la vista durante la consumición de la misma. Delante nuestra había un grupo de unas siete u ocho personas, entre ellas un par de féminas muy agradables de ver. Giré la cabeza hacia un lado y ahí estaba la chica en cuestión. Una rubia muy agradable de ver con la cual hubo un cruce de mirada que hasta a mi me corto, ya que con ella había un chaval y siempre hay que respetar. Así que me decidí por apartar la mirada y seguir con el colega tomando la copa.
Pasé a saludar a un conocido, Francisco, que me di cuenta que estaba en el local. Me comento la pronta finalización de una discoteca donde él es el constructor. Al volver a mi sitio, nuevamente hubo un cruce de mirada con la rubia, esta vez sabiendo ya de la existencia, más conciente de la anterior mirada. Volví a cortarme, todo por el acompañante. Así que me volví para Luis y empezamos a charlar.
De pronto siento tras de mi un contacto de una persona que me da, casi me da, con su hombro en el mío por la parte de la espalda. Casi sin volver la mirada, era la rubita que había ido hasta la barra a pedir. El roce de la espalda se volvió a producir, una leve presión, un leve roce pero con cierta continuidad. Ahí fui yo también el que sin querer, empezó a unir mi espalda con la suya.
En esos breves instantes de saboreo, empiezo a notar como su nalga empieza a deslizarse por las mías. Vaya momento de tensión más placentera, también yo empecé a moverme con toda la sutileza que el momento requería, deleitándome en la suavidad de los movimientos, en el roce tan sutil.
De pronto me veo venir al compañero, que de mi mente ya había desaparecido y más o menos se la llevó.
Ya luego, no me acuerdo donde se me vino a la mente lo ocurrido. Yo no volví a dirigir mi mirada a ella y nos fuimos del local. Pero la cosa es que me dio por pensar si realmente entre la chica y yo había surgido una de esas atracciones que hacen sentir, o que la chica en cuestión le estaba dando a través de su comportamiento conmigo, por el culo a él. Y puestos a pensar, ¿con qué finalidad?, con la de convencer al chico que se dejara de tonterías y se centrara o a saber la de cuernos que le iban a salir. En fin, una de esas cosas que no sabremos jamás.
Se me viene a la mente una imagen que recordaré toda mi vida. Pasaba yo por un puente por Sevilla y observe a un hombre bastante inclinado en la barra del mismo. Cuando estaba a su altura observe de nuevo como con un movimiento impreciso, como de persona con cierto grado de alcohol, que iba bien borracho, se incorporaba con cierta dificultad y se dirigía hacia mi con los brazos en alto y medio me grita: Eso soy yo, ¡un ciervo cornudo!. A saber, el cuadro que acababa de vivir.
Y colorin colorado, este cuento y esto por esta noche se ha acabado.
Lo subo a Internet sin corregir.